Jurando venganza eterna

El reino de Sla. Es impoluto, sagrado y, uno podría decir que parece también divino, pues, junto a la angelical canción de cuna que escuchamos, la radiante luz que recibe incluso a través de las nubes, tintando así los amarillentos rayos de sol de un plateado surreal, casi onírico, le otorga un aura ancestral, un aura divina.

Divina; pese a que el reino realmente sea todo lo contrario — un reino creado por y para humanos, un reino que se ha atrevido a cuestionar a Dios, rechazando la magia que éste les había obsequiado para sustituirla por la tecnología, aquella que Dios no permite.

Pero los humanos, angurrientos, ciegos, ilusos; en el momento en el que ven un ángel descender del cielo, de entre aquellos rayos divinos, dan por hecho de que éste ha sido mandado por Dios, para celebrar la victoria de su reino.

Pero aquellos ojos, aquellos ojos rojos nos permiten entrever algo, un deseo, una sed; una sed de sangre imparable, y nos muestra que el cometido de este ángel no será el de venerar el reino, como los humanos pensaban, sino uno mucho más temible.

Por tanto la danza comienza. Una coreografía impoluta, como antes lo era el reino, que tinta de un estridente y brillante rojo las plateadas, oníricas, sub-saturadas imágenes — produciendo así un choque visual, uno que rompe con todo aquello que nos había sido mostrado hasta ahora, llenando los fotogramas de la chorreante y hasta cierto punto exagerada, sangre, que no parece tener intención de parar.

Si; el dulce color rojizo de la sangre ha cambiado la naturaleza de estas imágenes, ya nunca nada volverá a ser como antes — nada va a pretender ser divino sin un castigo, irónicamente, divino. Aquellos que desafían a Dios, aquellos que querrán ser impolutos y sagrados; acabarán manchados por sangre, sometidos ante la masacre, deseando nunca haber cuestionado a Dios.

Los humanos se estremecen ante tales horrores; su reino en llamas, su pueblo sangrando; ya no les queda nada, ya no hay rastro de aquel sagrado reino. Y ahora se preguntan por qué ¿dónde erraron? ¿en qué habían defraudado a Dios? ¿por qué eran merecedores de tal castigo? Pero Dios no responde, y el angel desaparece de la misma forma que apareció.

¿Era Dios, siquiera, el que lo había mandado? ¿era un ángel portando su castigo? ¿o era un discípulo del demonio mandado para traer la destrucción? ¿para destruir todo aquello que ellos habían construido?

Ya no importa, no, ya no.

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